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martes, 15 de noviembre de 2011

Los Pitufos

     A mí es que me pasa como a Rajoy, no me gusta hablar de política por miedo a que no me voten, o en mi caso a que no me lean. Pero dado que estamos en la recta final de unas elecciones que van a ser determinantes, creo que voy a tomarme el lujo de analizar la situación en la que estamos. A mi modo, claro. Y, quién sabe, igual mañana hasta me animo y hago un post para sacarnos a todos de la crisis, qué majo que soy!

     Pues resulta que hace mucho, mucho tiempo, en un universo paralelo en el que quien no vivía en una seta se la comía para alucinar, hubo una raza de seres azules llamados los pitufos. Los pitufos eran felices haciendo las cosas que a todo el mundo le gusta hacer, a saber, comer, cantar, pasear, reir y lo que más les chiflaba, pitufear tiñéndolo todo de azul. Gracias a sus buenos contactos con sastres y organizadores de eventos deportivos establecieron un imperio, que terminó ramificándose con contrucciones de aeropuertos para pasear a las personas, Ciudades de la Cultura para guardar libros que no existían y hospitales y escuelas para atender a gente sana y aplicada porque a nadie le gusta rodearse de enfermos y fracasados escolares mientras se lo pueda permitir, claro. Obviamente, en un país tan azulado no gustaban demasiado otros colores, es lo que tiene ser tan homogéneo. ¡Figútate que incluso le tenían tirria al propio arcoiris!.

Ay, cariñín, y tú no te has dado cuenta de lo que te iba a caer encima!

     Los pitufos trabajaban especializándose cada uno en un oficio. Y así, habia un pitufo cocinero, un pitufo artista, un pitufo gruñón (me siento taaan identificado contigo, pitufín!), un pitufo obispo, uno periodista, otro privatizador y un pitufo banquero -bueno, de estos últimos había varios, no te vayas a pensar-. De las pitufas, sin embargo, no se sabe demasiado, porque preferían que estuvieran en sus champiñones criando pitufitos y no les gustaba demasiado que trabajasen a la vez, mucho menos que simplemente trabajaran. De hecho sólo una pitufina reunió méritos suficientes para ser glosada en los anales de la historia, vaya usted a saber qué hizo. Un buen día pensaron que su pitufipaís era demasiado pequeño y aburrido y quisieron más, para lo que decidieron expandirse más allá de su pequeño mundo de setas azulonas. Se presentaron a las elecciones aplicando recetas secretas que nunca desvelaban pero que prometían llenar las arcas de dinero y las oficinas de trabajo. Y así conquistaron ayuntamientos, comunidades autónomas, diputaciones y gobiernos, ganando alguna batalla incluso antes de disputarla, pues tal era su poder y tanta la confianza que en ellos depositaban quienes los aclamaban a su paso. 

     Y cuando todo pasó... cuando todo pasó se dieron cuenta que de su pitufipaís al nuevo mundo no había diferencias más que en el tamaño. Un enorme y monótono mundo monocolor.

    PD: Y de lo que nadie se dió cuenta nunca es de que quien los dirigía... en realidad... vestía de rojo!

miércoles, 3 de agosto de 2011

La fábula de la prima de Riesgo.

     Tomasín Riesgo pertenecía a una adinerada familia que, durante los años de la gran burbuja inmobiliaria, había hecho fortuna con la compraventa de bienes inmuebles "sobre plano", firmando contratos privados con los promotores para, incluso antes de comenzar las obras, revenderlos con unos beneficios de porcentajes superiores al 5% mensual. Fue de ese modo como un grupo de gente sin más estudios conocidos que los que la vida otorga consiguió un importante patrimonio con el que vivir holgadamente para los restos.

     Por parte de madre, tenía Tomasín una prima un par de años más joven, que allá por su veintena se mudó a vivir a la ciudad con su tía y el resto del núcleo familiar. Érase una mujer liberada y licenciada, pues si en los avatares del día a día la familia Riesgo era ducha, la prima de Tomasín bien pudiera haber sentado cátedra. Dedicóse con ahínco durante su estancia con ellos al muy noble y muy cansino arte del coqueteo, logrando, ora en sus paseos por el parque, ora en sus visitas a un museo, reunir a su alrededor una cohorte de pretendientes compuesta por un nutrido grupo de interesados, que llegó en no pocas ocasiones a superar los cuatrocientos tipos. Tal fue así, que debido a su moral relajada y a sus recatos más bien escasos, comenzó la gente a conocer tanto a la prima como a sus pretendientes como los "400 tipos de la puta prima de Riesgo", donde el adjetivo pretendía más resultar descriptivo que peyorativo.

     Conoció un día la prima de Tomasín, que fué llamada Deuda en honor a una tía abuela ya fallecida, a un hombre apuesto y cabal, un joven adinerado que prometió colmarla de joyas y lujos sin pedir nada a cambio más allá de una fidelidad sincera. Los comienzos fueron sencillos, paseándose en calesa por la ciudad, cogidos de la mano, y era fácil encontrárselos a ambos caminando en el parque junto al lago hasta el atardecer. Ricardo Mercado, tal era el nombre del apuesto zagal, lucía con frecuencia en su faltriquera una pequeña bolsa de terciopelo, de donde surgía el dinero en abundancia con el que pagar los caprichos de la prima de Tomasín, y fue así que poco a poco se hizo hueco en su corazón y terminó cayendo en sus brazos, embelesada en las mieles de una vida desahogada y sin preocupaciones.

     Cuando llegaron los malos tiempos, pilló a todos por sorpresa. La bolsa de Don Mercado tenía cada vez menos valor, y fue cayendo en picado tan rápido como aquel amor de verano, llegando el caso a tal punto que, en ausencia de regalos, joyas y demás alhajas, la prima de Riesgo terminó mandando al tal Mercado a hacer puñetas. Lanzóse finalmente en busca del mejor postor, vendiéndose cada vez más barata, sufriendo cada día un poco más, yendo de mano en mano y también de cama en cama, terminando sus días arrinconada en una pensión de mala muerte, con la vida hipotecada en busca del mejor interés y el hígado más alcoholizado que el alma.

viernes, 3 de junio de 2011

Samurai

     Lo cierto es que ir a un gimnasio es como visionar un crisol de personalidades, una pequeña ciudad en sí misma, al menos en el mío, pero eso pasa también porque somos varias decenas de miles de socios (sí, sí, como lo oís). Y como siempre se dijo, cada uno es cada uno y tiene sus cadaunadas. Hay gente que se cree Pavarotti en las duchas y se dedican a destrozar tímpanos cantar a voz en grito. Luego están los Adonis que se acicalan en los espejos del vestuario (y hasta en los de la sala de pesas) durante veinte minutos o más, claro que a esos los perdono porque suelen estar muy buenos y soy un materialista de mierda, jajaja.

     Vale, me estoy dando cuenta de dos cosas. Uno, que cada vez soy menos asexual. Dos, que empiezo a comprender por qué hay gente a la que le caigo mal, jajajaja.


     Bueno, a lo que iba. Estaba yo el otro día haciendo el monas con mis pesas (porque la verdad es que cada vez levanto menos peso y yo creo que estoy entrando en crisis gimnasteril) mirando a ver a quién podía pedir ayuda para no perder la dentadura haciendo press banca, cuando me fijé en él. Un señor de unos cincuenta años, con su barra para hacer abdominales oblícuos, girando para un lado y otro y rotando sobre sí mismo, estaba en plena faena cuando de repente, cogió el palo y se puso a hacer movimientos de un lado a otro, eso sí, con lentitud, todo muy en plan Zen (palabra estupenda porque empieza con Z, obviamente). Resultaba admirable verlo con tanta majestuosidad moviendo sus brazos de un lado a otro, o bueno, habría resultado admirable de no ser que, en uno de sus tan admirables movimientos, la barra de plástico salió disparada hacia mi rostro atónito, dejándome una marca enrojecida que sólo en mi cara dolía más que en mi autoestima.

     Conclusión: No importa dónde vayas, no importa con quién estés. Cuando menos te lo esperes, la vida te dará un leñazo. Por muy Zen que éste sea.

martes, 17 de mayo de 2011

     Hoxe celébrase na miña terra o Día das Letras Galegas, e eu que non son menos que outros intelectuais, (toma xa!) non quero deixar pasar a ocasión para postear na miña língua vernácula, aínda que o teña sido somentes a tempo parcial. Ademáis o galego sempre me pareceu unha linguaxe moi fermosa, e como non lín case que ningún blogue en galego, vou aportar o meu churrusquiño de area para facer desa praia que son as linguas un lugar máis cómodo para todos. Non vos preocupedes, engadirei unha traducción abaixo para que o entendades todo, todiño, todo. E ademáis farei un mini-post para que ninguén poda dicir que era un texto moi longo. Lacazáns!

     Todo aconteceu de súpeto, coma con frecuencia pasa cando chega un feito importante ás nosas vidas. Xa vos teño narrado nalgunha ocasión as miñas peripecias ximnástico-loxísticas, como certo día en que alguén plantou o seu cú en toda a miña napia. O que nunca vos teño contado é o que me aconteceu nestes días de atrás, sinxelamente porque non me tiña pasado. Como de cotío, cheguei tarde ao ximnasio, fun directo para o vestiario e alí comecei a facer o meu ritual, que de repetido sae case dun xeito automático, sen que requira pensar demasiado no que estás a facer. Chegas, votas unha ollada, atopas unha taquilla valeira (ou por que críades que votaba a ollada, porquiños?), pousas o petate, íspeste, colles a camiseta, os guantes, o botellín de auga, a toalla do suor (xa que a da ducha déixala aguardando por tí na túa bolsa), cambias o calzado e subes para a sala de máquinas. Colles o programa, repásalo mentalmente ou léndoo, e poste a facer os teus exercicios ata que chega a hora de marchar, logo de ter estirado un chisco co gallo de evitar lesións. Non sei exactamente cal foi o intre entre todos eses pasos no que me dín de conta. Pero sempre lembrarei o rubor nos meus papos mentres baixaba correndo ata o vestiario a poñerme a bermuda que me deixara sen por. olvidada no meu particular triángulo das bermudas. Alomenos levaba uns fermosos boxers de Kukuxumusu.

     Engadiría agora que ísto é unha historia non real, senon inventada. Pero... habería alguen que chegara a crelo?


    Hoy se celebra en mi tierra el Día de las Letras Gallegas, y yo que no soy menos que otros intelectuales (toma ya!), no quiero dejar pasar la ocasión para postear en mi lengua vernácula, aunque lo haya sido tan sólo a tiempo parcial. Además, el gallego siempre me pareció un idioma muy hermoso, y como no leí casi ningún blog en gallego, voy a aportar mi pedacito de arena para hacer de esa playa que son las lenguas un lugar más cómodo para todos. No os preocupéis, añadiré una traducción abajo para que entendáis todo, todito, todo. Y además haré un mini-post, para que nadie pueda decir que era un texto muy largo. Vagos!

     Todo sucedió de repente, como con frecuencia pasa cuando llega un hecho importante a nuestras vidas. Ya os he narrado en alguna ocasión mis peripecias gimnástico-logísticas, como cierto día en que alguien plantó su culo en toda mi nariz. Lo que nunca os he contado es lo que  me sucedió en estos días de atrás, sencillamente porque no me había pasado. Como de costumbre, llegué tarde al gimnasio, fui directo para el vestuario y allí comencé a hacer mi ritual, que de repetido ya casi sale de modo automático, sin que necesites pensar demasiado en lo que estás haciendo. Llegas, echas un ojo, encuentras una taquilla vacía (o por qué os creíais que echaba la visual, cerdiños?), posas el petate, te desnudas, coges la camiseta, los guantes, el botellín de agua, la toalla del sudor (ya que la de la ducha la dejas aguardando por tí en tu bolsa), cambias el calzado y subes para la sala de máquinas. Coges el programa, lo repasas mentalmente o leyéndolo, y te pones a hacer tus ejercicios hasta que llega la hora de marchar, luego de estirar un poquito para evitar lesiones. No sé exactamente cuál fue el momento entre todos esos pasos en el que me dí cuenta. Pero siempre recordaré el rubor en mis mejillas mientras bajaba corriendo hasta el vestuario a ponerme la bermuda que me había dejado sin poner olvidada en mi particular triángulo de las idem. Al menos llevaba unos hermosos boxers de Kukuxumusu.

     Añadiría ahora que esto es una historia no real, sino inventada. Pero habría alguien que se lo llegase a creer?

viernes, 8 de abril de 2011

El blog de los deseos

     Me quejaba hace un par de días (teniendo en cuenta el ritmo al que actualizo últimamente el blog, es posible que sea algo más) del tremendo calor que hace en mi gimnasio durante todo el año y que, lógicamente, se vuelve insufrible a partir de que llega el verano y sus días soleados. No bien había publicado aquel post, cuando por arte de magia potagia apareció en una de las paredes de la sala de pesas un par de ventiladores tamaño industrial que tal cual pareciera que se hubiera empotrado un avión en ella, con sus turbohélices y todo.

     Ayer, día de apabullante bochorno (en lo climatológico), y en el que los termómetros marcaron los 32 º Celsius (cifra nada despreciable para Coruña en esta época del año), pusieron a funcionar nuestros tornados particulares y por arte de birlibirloque, voila!, por primera vez desde que el mundo es mundo y ese hormigón gimnasio hacía más fresco dentro del edificio que fuera de él. Bien es cierto que con la fuerza del aire que escupían aquellas hélices hubo algún momento en que una de las chicas anoréxicas que van allá de vez en cuando creo que tuvo que ponerse pesas en los tobillos para no salir volando haciendo honor a aquella canción tradicional gallega que dice algo así como "fun a taberna do meu compadre, fun polo vento e vin polo aire" (y que me parece que no requiere traducción alguna lo cual demuestra que este blog es muy cultural porque todos conocéis idiomas que no sabíais).

     Y entonces me he puesto a pensar, que es lo que suelo hacer cuando tengo calor para romper a sudar definitivamente, es lo que tiene ser rubio. Que qué bien que lo hubieran puesto aunque haya que ir de vez en cuando a buscar una escalera para desincrustar a alguien del techo. Y que menudo éxito el de mis quejas que es colgarlo en el blog y cambiar el mundo. Y así fue como caí en la cuenta de que, quién sabe, a lo mejor es que ahora mi blog es un blog influyente, de esos que marca tendencia y todo. O mejor aún, que concede los deseos que en él se pidan.


     Y, ya puestos a sudar, comencé a imaginar qué bien estaría eso de que los genios de la lámpara se hubieran modernizado y ahora trabajasen en blogger. Que cada blog tuviera tres deseos y que, una vez agotados, siempre tuvieras la opción de abrirte un nuevo blog (lo que, por otra parte, explicaría por qué hay gente que colecciona blogs como churros). Y así todo el mundo sería feliz, aunque la lotería le tocaría a cincuentamil personas cada día, y los blogs se sucederían como hojas de calendario. Entonces imaginé que aquello también podría ser un desastre porque la gente dejaría de trabajar, de salir de casa, de hacer deporte, de ir a tomarse algo con los amigos, todos ahí con su blog todo el día pidiéndoles deseos y demás, que los pobres genios no iban a ser capaces de dar servicio y el servidor de blogger se quedaría colgado mientras hordas de deseo-adictos entraban en deprivación como si fueran yonkis y el caos se apoderaría del mundo y...

     Algo parecido debieron pensar los genios cuando se reunieron para valorar la viabilidad de su iniciativa e hicieron un plan piloto en Armenia. Y ante la avalancha de peticiones decidieron hipnotizar a una buena señora en Georgia para que se cargase toda la Internet en el país durante unas horas. Así que me temo que el blog de los deseos sólo será mi sueño de una tarde de verano en un día de primavera, y que para hacerme cantante tendré, qué remedio!, que seguir buscándome una lámpara mágica con su genio y todo.

lunes, 21 de marzo de 2011

La luna superlunera

     Cuando los astrónomos del Observatorio del Roque de los Muchachos constataron que, superando lo previsto, la luna continuó aproximándose al planeta Tierra, se dieron un par de días de margen antes de hacerlo público. Pasadas 48 horas, las mareas continuaron volviéndose extremas, los barcos se quedaban varados entre la arena y el fango de los puertos, y las olas invadían los paseos marítimos, tan arreglados ellos para las próximas elecciones municipales que ya estaban a la vuelta de la esquina. La propia presidencia de la FEMP exigió, mediante escrito oficial al Ministerio de Ciencia y Tecnología, una rueda de prensa de manera urgente que justificase el desaguisado. Pasados unos días, tuvo lugar la reunión oficial de los científicos elegidos. Ante la expectativa, se realizó una entrevista pública de los principales portavoces, todos ellos expertos mundiales en astrofísica y geología. Habló en primer lugar Edemetrio Órbita, que explicó que, por causas que aún estaban en estudio, "el perigeo de nuestro satélite sobre el planeta Tierra, no ha finalizado cuando correspondía, el día 19 de Marzo, sino que continúa existiendo una aproximación entre ambos cuerpos", con lo que nadie entendió demasiado -periodistas...- y nadie realizó ninguna pregunta por no quedar de ignorantes -en este caso, no por  periodistas, sino por la más pura vanidad humana...-.

     Pasaron días, semanas, meses, y la luna continuó aproximándose a su ritmo pausado pero imparable hacia La Tierra, y al fín las dudas existenciales que desde antaño pululan sobre la relación con los cuartos lunares y los partos se empezaron a confirmar. Y así fue que las maternidades de las ciudades se llenaron de ingresos durante los cuartos crecientes y se vaciaron durante los menguantes. Los mercados de ganado, por idéntico motivo, comenzaron a reorganizarse por quincenas, abriendo unas y cerrando otras. Las plantas y árboles frutales florecían con un esplendor inusitado y se marchitaban con fruición, mientras las cosechas resultaban más previsibles de lo que lo habían sido jamás, y en las playas se sufrían mareas kilométricas que convertían en un suplicio para los bañistas el momento de ir al agua. Las ciudades costeras se adaptaron con relativa facilidad, cambiando sus flotas de autobuses urbanos por vehículos anfibios donados por el ejército, y los fabricantes de bicicletas de playa comenzaron a hacer su agosto. Portugal extendía sus dominios en unos doscientos kilómetros mar adentro durante unas horas al día, aunque para ello tuvo que asumir el coste de convertir Oporto en la nueva Venecia, dado que la original se vio finalmente engullida por el oleaje. Y así sucedió que los países cambiaban sus fronteras a merced de las mareas, por lo que la población se dedicó a cambiar sus pisos por coches-caravana para poder de este modo tener mayor facilidad de movimiento. 

     Todo terminó como había empezado. Paulatinamente, el satélite lunar retornó a su órbita original. El mar se calmó de nuevo y las líneas de costa volvieron a su origen. Las ciudades costeran retomaron su vida habitual y las calles, otrora canales a tiempo parcial (y que dieron una visión inédita para la mayoría de los habitantes, lo que contribuyó a que la práctica totalidad de alcaldías continuaran en manos de los que las tenían previamente al extraño femónemo), se llenaron de nuevo de coches, cambiando las tablas de surf por motoristas. La gente, que se había vuelto deportista a base de natación y de paseos en barco a pedal, se veía más guapa y ésto tuvo el efecto secundario de aumentar significativamente la venta de preservativos. Y con todo esto sucedió que, entre el gasto generado en roulottes, condones, y en todo el sector de la industria aeronáutica, el misterio del paseo lunar consiguió sacar al mundo de la crisis global en que una panda de impresentables banqueros lo había metido. Claro que eso, a lo mejor, pasó también cuando Wall Street terminó cayendo... devorada por las aguas.

jueves, 17 de marzo de 2011

Hechizo de amor

     Amor era una palabra carente de sentido. Una sucesión de cuatro letras cuyo significado resultaba hueco para él. Era, en realidad, el principio de la palabra amortizar. Era el comienzo de amordazar, de amortecer, de amortiguar la autonomía propia que le era tan querida. 

     Y así, en solitaria espera, pasaron los años, como caen las hojas en otoño, como se cayó su pelo, como su piel se llenó de arrugas, día tras día, mes tras mes, en la independencia que aprendió a querer, al menos en parte, por la más pura resignación. Nunca encontró con quién compartirla. O por quién sacrificarla. Hasta que llegó Pablo.

     Pablo era un joven albañil, de piel tigreña, trigueña cuerpo apolíneo, fibrado, espigado como vaina de cereal y, a su semejanza, era un espiritu libre, indomable, que había aprendido a mecerse a tenor del viento, doblándose cual junco pero sin partirse por las visicitudes a que la vida nos tiene acostumbrados. Huérfano de padre y madre, llevaba años viviendo de su trabajo, haciendo arreglos hoy aquí y mañana ya se verá dónde, con la tranquilidad que da la ausencia de cargas familiares. Y fue así, por su trabajo, como se conocieron.

     Comenzar Pablo a visitar su hogar a fín de construír un pequeño alpendre para guardar los aperos de labranza, y tambalearse la inestable calma de aquel corazón solitario fue todo uno, y así, entre un recebado aquí y un ladrillo puesto allá, fue tejiéndose una esperanza y medrando un anhelo en el nido de aquellos sentimientos amputados. No había razón para que aquella sensación siguiera creciendo, como no la hubo para lo contrario. Simplemente nada pasó a ojos ajenos que pudiera hacer pensar la tormenta desencadenada en el seno de aquel alma solitaria. 

     Y sucedió entonces lo que unos consideraron casualidad, otros curiosidad, los menos sospechosa coincidencia. Y de aquella piel arrugada y de aquella calva incipiente brotaron células nuevas y una tersa piel y una fina pelusilla surgió de nuevo. Pasó el tiempo, y al alpendre siguieron reformas varias, hoy un cuarto de baño, mañana la cocina, pasado un "cámbiame este entarimado", mientras las huellas de los años huían despavoridas a medida que la fascinación por el amor platónico aumentaba. Y un día, sin que pueda recordar ya muy bien cómo, Pablo se despertó en su lecho, abrazando su cuerpo desnudo, regalándole su juventud mientras con cada respiración se iban acompasando más y más. 

     Mas, ¡Oh, cruel destino!, quisieron los dioses del tiempo y la naturaleza que, si habian logrado el milagro de rejuvenecer la carne vieja, por cada año robado a su senectud, perdiera Pablo otro año de su lozanía, y así un día le surgió una cana, y al mes siguiente, un achaque, y al otro, un amago de infarto, un ingreso hospitalario, una fractura del brazo, un nuevo problema hepático.

     La ventaja de vivir en un pueblo apartado de la gran ciudad, es que no hay demasiados vecinos que hagan preguntas. Nadie se sorprendió, por tanto, cuando en el último ingreso de Pablo, el otrora joven albañil, su patrón se quitase la vida ahorcándose en una viga, mientras una nota a sus pies rezaba: "te retorno ahora tu vida".

miércoles, 16 de marzo de 2011

Pim, pam, pum

     Bueno, bueno, bueno, debo muchas visitas a blogs ajenos, debo muchas respuestas a comentarios, por deber incluso debería un post (o tres) a Thiago y su dialéctica, y otro a Christian por cierto meme que me ha enchufado regalado pero todo eso ya se irá andando con tiempo. Y dirán ustedes, por qué Z, el bloguero más dicharachero de los últimos tiempos, no ha posteado en los tres últimos días? Pues eso, queridos amigos tiene una explicación que me voy a inventar dar ahora mismo: he estado de prácticas.

     Y no, no son prácticas sexuales, ni prácticas de tiro, ni prácticas de autopsias a coleópteros. En realidad, todo tiene una explicación más sencilla. Me he comprado una pota. Una olla ultrarápida, para ser más exactos. Y llevo tres días, tres, intentando descifrar el funcionamiento de ese artilugio que, pese a su sencillez, posee una fuerza tal que es capaz de detonarte medio piso y mandar mi terraza a la luna (lo cual no estoy seguro si revalorizaría mucho su valor porque tendría muy buenas vistas pero unos gastos exorbitantes en desplazamientos que al precio al que va el barril Brent cualquiera se fía). 

     No sé si sabéis a qué tipo de artilugios me estoy refiriendo. No es una olla exprés, esas que funcionan con su valvulita de seguridad y que pítan con un silvido de locomotora de vapor cuando alcanzan su presión (y que, al ser mayor que la presión atmosférica, hacen hervir el agua en torno a los 120 grados centígrados, creo recordar). No, esas son más viejas que Matusalén y ya las dibujaba Ibañez en sus viñetas de Zipi y Zape (que como llevan Z siempre me cayeron bien). Yo me refiero a las ollas ultrarápidas que se pusieron de moda hace unos años y que, en realidad, hierven el agua a 130 grados Celsius (o Centígrados para la plebe, que ya soy experto en la física de tales inventos, jajaja). Llevan estas ollas muchos mecanismos de seguridad porque, si ya con una olla exprés cualquier radical puede cargarse una sucursal bancaria, imagínate si le subimos diez grados, lo mismo te cargas el edificio entero!

     Así que allí estaba yo hace un par de días, con mi flamante olla ultrarápida, su agua, su zanahoria cortadita en rodajitas (en juliana, para ser más exactos), su puerro, sus tres puñaditos de lentejas, su patata partida en taquitos y su lacón desalado preparado todo para ser degustado en unos veinte minutos, según ponía el manual de instrucciones. Cerré la tapa, ajusté el indicador en la posición III como se indicaba en el esquema, y me puse a pasar el aspirador mientras iba aguardando a que mi hogar se perfumase de los efluvios olorosos del suculento manjar que se estaría cocinando en apenas un cuarto de hora. 

     Cuando a los dos minutos pasé por primera vez por la cocina, nada había cambiado. Ni un ruido, ni un vapor, ni nada. Me acerqué a la olla y por su silencio supuse que no estaba hirviendo aún el agua. 

     A los cinco minutos, impaciente como andaba por ver la evolución de mis delicias culinarias, volví a acercarme a la cocina y ví que, efectivamente, el pitorrito de la válvula de seguridad 1 se había levantado, todo tal cual cabía presagiar. Feliz con el paladeo imaginario de mi plato de cuchara volví a retomar mis ocupaciones higiénicas y, en un alarde de emoción, aspiré dos habitaciones, el pasillo y el salón, y de regalo, barrí la escalera y recogí ropa del tendedero. Y creo que fue entonces cuando me dí cuenta, aturdido como estaba hasta recuperar mi audición una vez apagado el aspirador, del ruido atroz que venía de mi cocina.

     Me acerqué con sigilo y entonces descubrí la estampa. De mi olla ultrarápida había surgido el pitorrito de la válvula de seguridad 2, por el que expelía vapor a una velocidad y presión que yo por un momento creí que tenía una pequeña central de Fukushima en la cocina. Chorretones de vapor condensado caían por mis azulejos, aquellos que con tanto cariño había yo limpiado el día anterior. Claro, que eso lo descubrí cuando conseguí ver algo, porque tenía toda la cocina convertida en un baño turco, y el ruído que escupía aquel invento del diablo me hacía presagiar que en cualquier momento terminaría provocando un accidente aéreo al empotrarme en el reactor de algún avión que estuviera surcando mi vertical camino de Nueva York. Siguiendo las indicaciones del manual, y dado que ya habían pasado unos quince minutos, apagué el fuego y me puse a esperar a que se bajasen los pitorros, eso sí, detrás de la puerta no vaya a ser que todo estalle y seguro que una puerta de madera (no maciza, claro, que uno tampoco es millonario) me protege de una explosión de un megatón. Pasados otros cinco minutos, la válvula 2 se bajó, la válvula 1 se quedó a medias, y cesaron los ruidos del artefacto. Con miedo, con dudas, con valor (es posible tener valor y miedo a la vez, doy fe), ajusté el indicador a la posición II y todo volvió a empezar, ruído, humo, pero, eso sí, la válvula 2 siguió bajada. Otros minutos, y a la posición I, abrí la tapa y voilá, el agua hirviendo. 

     Desesperado por la desfeita que tenía montada en la cocina, me fuí a cambiar para ir al trabajo. Llegué tarde porque tuve que esperar a que se enfriaran las lentejas. Llegué sin comer, porque las lentejas estaban crudas. Y llegué cabreado, porque el ese chisme del demonio me había dejado la cocina hecha un guiñapo, tenía para fregar una pota y varios platos, había tirado 200 gramos de lentejas, y encima creo que perdí un año de vida del susto que me hizo pasar todo el episodio. Pero eso sí, saco dos conclusiones en claro: La posición III no me convence del todo, y si algún día me meto a terrorista creo que utilizaré las ollas exprés de las de toda la vida.

miércoles, 16 de febrero de 2011

El jugo de la vida.

Nota: Vaya especialmente dedicado para aquellos entraditos en años que hayan seguido alguna vez las historias de Dragon Ball que, en alguna temporada, llevaban a quien suscribe de co-protagonista, jajaja.

     Lee O´Phillip Hado llevaba años trabajando en la fórmula secreta. Paso a paso, fracaso tras fracaso, prueba tras prueba y error tras error, fue acumulando miles de horas de experiencias equivocadas en búsqueda de la poción mágica, el elixir del milagro, el jugo que daría vida a las ideas ya marchitas del artista y permitiera tomar forma corpórea a la imagen plasmada en un papel que una mente había ideado tiempo atrás. No resultó fácil descubrir cómo manejar la antimateria, cómo destruir las ataduras físicas de los átomos del formato plástico que servía de continente para aquella pieza de la historia que los trazos de algún genio habían plasmado para siempre. Pero la constancia y el ingente trabajo realizado durante décadas había al fín dado sus frutos: al fín poseía la loción que rociada sobre cualquier dibujo, obra de arte o incluso cómic, le permitía a éste cobrar vida. Y así fue que comenzó probando su ungüento en una postal navideña, y la nieve cobró vida y los copos arreciaban sobre la campiña, mientras en el interior de los salones se observaba a las familias cantar y celebrar las fiestas en comunión, y a los oídos de aquel que quisiera escuchar, llegaban los cánticos de un villancico entonado en la fiesta de alguna taberna.

     El Doctor O´Phillip, ávido de probar el nuevo descubrimiento, fruto de su inventiva sin par, decidió ir un paso más allá y rociar con el jugo de la vida, tal fue el nombre que le puso, una réplica exacta de la Gioconda, encargada expresamente para tal fín. Y descubrió así que, careciendo del ideario del artista primigenio la obra, mera copia de una empresa previa, carecía de personalidad alguna y, por tanto, de vida susceptible de ser rescatada. Comprendiendo lo absurdo de intentar rociar el cuadro original, asumió que jamás descubriría el enigma del rostro de la dama eterna, y prosiguió sus pesquisas.

     Decidió, más tarde, aplicar unas gotas de su poción al dibujo que había hecho Carl Zetín, el hijo de unos buenos amigos, un día que ambas familias se habían reunido celebrando un cumpleaños. Fue de este modo como aprendió que las obras cobraban tanta mayor vida cuanta mayor ilusión era volcada durante su creación, y así fue que el monigote se convirtió en Fido Dido y se dedicó a rodar anuncios durante una época allá por los años noventa.

     Finalmente Lee la lió el día en que pretendió ceder a sus deseos más carnales y roció con su poción (y, a la postre, veneno) un cómic de Dragon Ball, sólo para ver en cuerpo y alma aquellos cuerpos hercúleos torneados a golpe de estilográfica. A la mañana siguiente, oculta ya la luna llena, del antíguo laboratorio no quedaba más que el polvo de ladrillo machacado.

martes, 1 de febrero de 2011

La Cenicienta de Carmín.

     Con conciencia escogió el vestido que habría de poner aquella noche. El escote, insinuante pero no provocativo. Los encajes a juego en cada una de las mangas. Una falda plisada de la que se abría una herida que surgía en medio del muslo, derramando su pierna a quien quisiera mirarla. Como complementos, un par de alhajas doradas. Los ojos verdes, enmarcados en el cián del maquillaje. Un toque de rimel. Carmín. Unas gotas de perfume. Y un peinado dominando aquel cabello ondulado.

     Con paso firme, Cenicienta se dirigió a la puerta. Inspiró su libertad de unas horas, antes justo de abrir la puerta. Otro paso y el umbral de su hogar quedaba atrás. La noche era divertida, y hoy ella sería la noche. 

     Al poco, bajándose de su carroza, caminó hacia el palacio. Con sorpresa, con cautela, con admiración oculta en miradas de reproche, la multitud la acogió. Sus zapatos de cristal tintineaban sobre el suelo de mármol blanco, mientras sus pies se dirigían al encuentro de su príncipe. 

     Él la cogió de la mano. La besó con delicadeza, tan frágil le parecía que temía que fuera a romper. Bailaron juntos una, dos, cien piezas. La noche se les hizo eterna y entre risas y confesiones, el alba comenzó a brillar. Se miraron, se desearon, los labios de él se acercaron, un temblor, un leve pálpito, una gota de sudor recorriendo su espalda, un suspiro, ya viene, me besa, pensó Cenicienta mientras su boca se callaba en boca ajena. Una mano por su brazo, un escalofrío en su ser. Y a lo lejos, las campanas, una, dos, y ya van tres.

     De repente, una amenaza, un latir que obliga a huir. Sin tiempo de explicaciones, Cenicienta debe irse, dejando atrás a su amor. Baja de dos en dos los peldaños de la escalera principal, y monta con premura en su carroza encantada. Son las doce y el hechizo deja su magia atrás. En su carroza de chapa, bajo lágrimas de cian, se oye una voz que calla su realidad. Nunca el príncipe sabrá que su Cenicienta se llama en  realidad Roberto.

jueves, 20 de enero de 2011

Viaje al futuro

... o "Cuento a propósito de la Ley Sinde"

     Ricardito Castro era un niño muy espabilado. Algo alocado, muy preguntón, un poco traste y bastante hablador. Un día, estando en el colegio, la CPU maestra (habían pasado ya prácticamente cien años desde que aquel primer prototipo de escuela sin maestros se había puesto en marcha en lo que por aquel entonces se llamaba Florida) explicó la regulación de la red que interconectaba el mundo, el por qué había que pagar por las consultas y descargas de datos, la restricción de acceso a la información y cómo la ausencia de regulación estricta había abocado al cierre del primer proyecto similar que había existido un siglo atrás, y que se conocía como el "colapso de la revolución internet". Mientras la CPU maestra exponía gráficos y diagramas, melodías y luces de todos los colores se proyectaban sobre la pantalla digital tridimensional, Ricardito se revolvía nervioso en su asiento. Finalmente, haciendo acopio de todas las fuerzas que un niño inconformista de apenas 12 años podía tener, pulsó el botón de pregunta, señalado por una tecla roja.
     De la unidad central de procesamiento maestra surgieron varios chisporroteos, y la proyección tridimensional se interrumpió momentáneamente, pasando por unos minutos a publicidad. Mientras un anuncio de Lipoesbelt mantenía ocupadas las mentes del resto de los niños de clase (la mayor parte de ellos concebidos mediante selección genética de sus progenitores, para lograr un mayor coeficiente intelectual y un mejor rendimiento en pruebas físicas), la CPU se dirigió al pupitre electrónico de Ricardito dispuesta a responder a su pregunta. "¿Dime, Ricardito, cuál es tu duda?"

     -Verá, señor CPU. No entiendo los motivos que llevaron al conocido como colapso de la revolución internet. Bueno, yo, en realidad, es que no entiendo por qué era una revolución...

     -Internet, mi querido alumno, era una red de acceso a la información que conectaba múltiples ordenadores por todo el mundo, similares a mí mism@ aunque obviamente mucho más rudimentarios. Se denominó "Revolución" porque, antes que ella, la gente accedía a la información consultando en grandes edificios llamados bibliotecas (hoy día los hemos reciclado en centros comerciales y gimnasios en su mayor parte), y durante el tiempo de ocio, lo único que existía eran juegos tradicionales, concursos de bailes regionales y una cosa que llamaban televisión, muy similar a la Tridivisión que hoy día tenéis en vuestros domicilios

     -Pues vaya aburrimiento. Sigo, de todos modos sin entender por qué se "colapsó" todo aquello si tan bien estaba.

     -Sencillamente, Ricardito, porque todo era gratis. La gente robaba información y los productores dejaban de tener beneficios, así que finalmente los gobiernos decidieron cerrar internet y refundarla en la red que hoy día conocemos. 

     -Pero no es posible... - exclamó Ricardito, abriendo los ojos hasta que casi se le salían de las cuencas- ¿Cómo iba todo a ser gratis? ¡Así no habría forma de que los músicos pudieran vivir, o que los actores pudieran cobrar sueldos por sus trabajos! ¿Está usted bromeando? ¿No tendrá algún circuíto suelto, CPU maestra?

     -Ya ves, Ricardito. Es tan obvio que cae por su propio peso! ¡Sería tan absurdo como pensar que aquello que en aquel entonces se llamaba televisión hubiera alguna vez podido ser rentable! Por eso se sustituyó por la TDT de pago y, finalmente, por la Tridivisión que hoy día poseemos. ¡Estaban locos nuestros ancestros! ¡Cultura gratis, y generando beneficios!

     Ricardito Castro se volvió a sentar de nuevo, cómodo, en su asiento, y continuó atendiendo con fruición a la nueva lección de la CPU maestra. Ésta sí era gratis, generosamente donada por el Sindicato de Empresarios.