Bueno, visto el éxito de mis nuevos cambios y el mal gusto que prolifera por mis lectores, he decidido cambiar un par de detalles para hacer más legible mi blog. Digo yo que para cuatro pelagatos que me leéis aún, tendré que haceros cosas, digo caso. Pero luego cuando a Lady Gaga le dé por poner de moda la letra verde fluorescente, que nadie olvide que yo fuí un visionario! Aunque, si os soy sincero, para visionaria la autora de la mitad de los tocados que llevaban las invitadas en la boda a la que fuí el fin de semana pasado. Ha debido aniquilar los gallineros de cincuenta kilómetros a la redonda, porque en las cabezas de aquellas damas había más pluma que en alguno de los pubs que frecuento.

Y es que esto de las fiestas populares es lo que tiene, que uno se pavonea de lo que tiene y de lo que pretende tener, y entre eso y el alcohol a espuertas todo termina en una orgía de sonrisas y lágrimas -y, a veces, de orgía a secas, pero ese no ha sido el caso, que ya tocaba reivindicar la asexualidad-.La verdad que no sé si vosotros tenéis un pueblo al que ir de fiesta en verano, pero si no lo tenéis es una experiencia que no deberíais perderos. Porque el mundo de las fiestas puebleriles es como un ecosistema completo.
Por si acaso, os invito a que revivais conmigo uno de los días de fiesta en el pueblo de mi madre, que últimamente está desconocido porque la autovía le pasa al lado y están todos revolucionados pensando si pedir que les instalen un semáforo, aunque les da miedo a las autoridades concedérselo por si se atasca mucho la circulación cuando crucen las vaquiñas de un prado al otro, carretera nacional por medio.
Una de las cosas que encuantras siempre en cualquier fiesta es la panda de los escolióticos, que como su nombre indica tienen la espalda retorcida de tanto apoyar el codo en la barra del bar. Esos, la verdad, no requieren muchos mimos por parte de la Comisión de Fiestas, da lo mismo que lleven a Pepito Pérez que a David Bisbal, son fijos y su único movimiento es el de flexión del codo y apertura de mandíbula. (Vale, también debería añadir el movimiento baja la bragueta y me pongo a mear, porque de lo que se come -o bebe- se cria...). Así que da igual si llegas pronto o tarde, siempre están allí, como estaban cuando nosotros llegamos. La música sonaba mientras con un ojo peleábamos por encontrar un hueco en la barra donde servían empanadas y bollos preñaos, y con el otro intentábamos calcular en qué momento rompería a llover, porque este año el mes de agosto fue tan limpio que todos los días nos duchaba.
Una vez agotado el momento vianda, y ya con el combustible relleno, llegó el momento de los epilépticos y termomíxicos, que bailan como si no hubiera un mañana, y les da lo mismo que suene una polca que un himno nacional. Eso sí, cada uno con su ritmo, lo más frecuente es que se acompasen con cadencia de bachata dos-pasitos-derechos-un pasito-izquierdo y así circulen por la pista de baile. En esas estábamos cuando una de mis tías me sacó a bailar, porque sí, en el pueblo de mi madre te sacan a bailar quieras o no, que para cuatro que somos no nos queda otra que hacer bulto, y más ahora que tenemos tanto tráfico rodado. Así que ahí que fuimos, mi tía y servidor a la dura jungla de la pista de baile.
No recuerdo bien si fue cuando sonaba el "soy minero" o "el emigrante",. pero no puedo olvidar el susto que se reflejaba en la cara de mi tía cuando Maruja, una de las representantes de los termomíxicos, entró en trance. Girando como una peonza se dirigió hacia nosotros, y la pista entera de baile se vió envuelta en una especie de agujero negro que ríete tú de Stephen Hawkin. El resultado: todos por el suelo, medias rotas y peinados trastocados.
Aunque, si hubo un momento estelar, fue cuando al hijo del panadero (un auténtico bollito, pero no porque esté bueno, sino por lo que engordan) le dio por creerse modelo de calzoncillos y empezó a despelotarse. La gente jaleándolo, lo cual demostró que yo no soy gente sino otra cosa, y el bollito estaba en paños menores en apenas un minuto. Menuda pelambrera. Si un piojo cae en su piel, muere de sobredosis.
En fín, podría seguir pero me reservaré otras anécdotas para un día mejor. Porque, realmente, una fiesta de pueblo puede ser muchas cosas. Pero quien vaya a una y no se deje llevar por su magia, no sabe lo que se pierde. O es que, sencillamente, no se sabe divertir.